EL PELIGROSO ERROR DE LAS ABSTRACCIONES

Si un error de graves consecuencias, y que comenté en mi artículo anterior, consiste en identificar el valor en cuanto relación con el objeto origen de la relación, también se debe denunciar otro error consistente en desligar totalmente dicha relación, de los bienes concretos existentes y reales.

Böhm Bawerk se expresaba así en su obra Capital e interés: “Los economistas somos muy aficionados a desligar nuestras categorías científicas de la vulgar base material sobre la que se revelan en la realidad para elevarlas al rango de ideales libres y con existencia propia. El “valor” de los bienes, por ejemplo, se nos antoja algo demasiado noble para estar adherido siempre a bienes materiales, como encarnación suya. En vista de ello, libramos al valor de esa envoltura indigna y lo convertimos en un ser con existencia propia, que sigue sus propios caminos, independiente y hasta contrario a la suerte de su vil portador. Hacemos que el “valor” perviva y, por el contrario, que los “valores” perezcan sin que sus portadores sufran detrimento alguno. Y consideramos también algo demasiado simple aplicar la categoría de capital a un montón de bienes materiales. En vista de ello, desligamos esa categoría de estos bienes y convertimos el capital en algo que flota sobre los bienes y que sobrevive aunque las cosas que lo forman desaparezcan”.

Hemos afirmado otras veces que la valía de algo es una relación de conveniencia del objeto valorado a los fines del sujeto término. Debemos añadir ahora que esa relación es una relación real. En el mundo económico no basta con idear, hay que “materializar”. No nos podemos quedar en meras abstracciones, sino que hay que descender al terreno de lo concreto. Los valores económicos no son sustancias autóctonas que fluyan a su antojo en el universo. Si la valía de los bienes es una relación, necesita de una sustancia sobre la que apoyarse, necesita de algún sujeto que le sustente. No nos podemos mover en el terreno de las imaginaciones. El valor es una propiedad de los bienes, tiene una dependencia radical respecto a la sustancia. Si no existe el objeto valorado, el valor no tiene existencia real.

Por ser el hombre un ser perfectamente compenetrado de cuerpo material y alma racional necesita de los bienes materiales. Una relación es real cuando tanto el sujeto origen de la relación como el sujeto término son reales y no imaginarios. Para que se produzca un auténtico valor tienen que ser reales tanto el objeto que valoramos como los fines del sujeto término al cual se dirige la ordenación. Si una de las dos condiciones no se cumple no existe auténtica relación real, estamos en el mundo de los bienes imaginarios.

Carl Menger también dejará escrito que se observa una peculiar relación “cuando se les atribuyen erróneamente a las cosas propiedades y, por tanto, causalidades que, en realidad, no poseen, o donde, también erróneamente, se presuponen unas necesidades humanas que en realidad no existen.(…) A estos objetos, que derivan su cualidad de bien únicamente de unas propiedades imaginadas o de unas imaginadas necesidades humanas, puede calificárseles también de bienes imaginarios.”

Para mostrar la posibilidad de un tratamiento meramente empírico, el economista llamado “científico” tiende a colocarse fuera del alcance del “vulgo”, refugiándose en el ámbito de las abstracciones. Los modelos, las ecuaciones y la compleja terminología especializada, conforman un medio de comunicación con patente exclusiva para expertos, alejando de este modo cualquier atisbo de consideración ético-filosófica respecto a los auténticos fines de la naturaleza humana. No sólo los diferentes productos, con sus peculiaridades, sino incluso las personas, con su variopinta y rica originalidad, quedan homogeneizadas y reducidas a meros números, como cuando aparecen en el denominador para calcular la “Renta per cápita”.

La reducción a cifras abstractas y monetarias deja de lado y difumina la compenetración entre los distintos bienes y entre éstos y las diferentes aptitudes, características y finalidades de las personas concretas. Detrás de los conceptos económicos están los hombres vivos y concretos por lo que hay que tratar de evitar manejarlos como realidades fantasmagóricas y como fuerzas anónimas.

No conviene olvidar en definitiva que la variable a incrementar en todo proceso de desarrollo económico es esa relación u ordenación real de los recursos naturales a los auténticos fines de la naturaleza humana. Hay que vencer la tentación de confundirlo con crecimiento cuantitativo e indiscriminado de mercancías; y la de desligar el valor económico, mediante abstracciones, de las peculiaridades de los distintos bienes y de las determinadas condiciones, necesidades y auténticas finalidades últimas de las personas concretas.

JJ Franch

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