ÉTICA EN LOS MERCADOS FINANCIEROS

En el congreso organizado por la Fundación BBV sobre “La dimensión ética de las instituciones y los mercados financieros” los pasados días 15, 16 y 17 de junio, pude explicar que los mercados financieros tienen una importancia vital para el desarrollo económico de un país puesto que permiten ajustar el comportamiento de ahorradores e inversores en el sofisticado, interdependiente y cambiante mundo actual. El que esa canalización de fondos desde los prestamistas hacia los prestatarios se produzca con rapidez y flexibilidad, sin tensiones ni ineficiencias, facilita los pagos e intercambios en el sistema económico y permite materializar proyectos empresariales con mayor premura y eficacia. Esos mercados: ponen en contacto con fluidez a los diferentes agentes; son un mecanismo apropiado, si se establecen con claridad reglas del juego no discriminatorias, para fijar ese justo precio de los activos; permiten proporcionar con prontitud liquidez a esos activos y reducen los plazos y costes de intermediación. Un mercado financiero será óptimo y eficiente desde un punto de vista meramente técnico cuanto más amplio, transparente, libre, profundo y flexible.

Si entendemos por liquidez la certeza y facilidad de convertir en dinero a corto plazo y sin pérdidas los activos que se posean; por rentabilidad la capacidad de un capital invertido de producir una renta; y por riesgo el elemento de incertidumbre que puede afectar a la actividad de un agente o al desarrollo de una operación económica; cada título lleva adherido una constelación concreta de liquidez, rentabilidad y riesgo que varía con el transcurso del tiempo. Según qué circunstancias de proporcionalidad se den en el ensamblaje del patrimonio de cada cual y en la composición de su cartera de valores, se dará más o menos preferencia a la liquidez, a la rentabilidad o al riesgo.

Al ser las situaciones de cada uno siempre distintas y cambiantes en el tiempo, los mercados financieros ejercen una función social de vital importancia para enlazar situaciones preservando la libertad y responsabilidad individual. Las valoraciones de los ahorradores pueden casar mejor con las pretensiones de los inversores si el funcionamiento de estos mercados es el adecuado. Pero, además, la percepción de amplitud y facilidad de acceso fomenta el ahorro y la inversión dando riqueza de alternativas, seguridad y estabilidad al sistema. Ahorradores de hoy pueden ser inversores mañana y viceversa. Quien necesita liquidez puede encontrarla más fácilmente. Quien prefiera asumir riesgos o quien valore más la seguridad, tendrá un abanico más amplio de posibilidades y la amplitud de los mercados permitirá compartir, diversificar y hacer menos traumáticos esos riesgos. Ese clima de confianza en los mercados genera una espiral económica positiva de imposible cuantificación al ensanchar las posibilidades de los distintos proyectos empresariales y, en último término, la variedad de proyectos de vida.

Se ejerce así una función social importante, pero los mercados y las instituciones financieras, en sentido estricto, no tienen ética. La ética se refiere, fundamentalmente, de forma radical y en sentido propio, a las personas físicas; se refiere a los actos humanos conscientes de esas personas que trabajan en esta o aquella institución o que intervienen, de una u otra forma, en éste o aquél mercado, en estos o aquellos mercados financieros. Una empresa o una agencia de valores, o las Sociedades Rectoras de las Bolsas de valores por ejemplo, no actúan; actúan las personas. El comportamiento moral, en último término, se dirige a los individuos, no a las instituciones. Ello no es óbice para que los comportamientos éticos sean interiorizados coordinadamente por los distintos componentes personales de una organización y, por lo tanto, institucionalizados. Se puede aplicar tambien en sentido derivado el dicho popular de que la empresa entera, o institución, trabaja bien “como un solo hombre”.

Recordar esto creo que es conveniente para evitar la tendencia a despersonalizar responsabilidades remitiéndolas a los vagos, difusos y neutros colectivos o a los aspectos meramente funcionales. Los colectivos y los instrumentos funcionales no tienen propiamente ética. Desde hace varias décadas por ejemplo hay una cierta obsesión macroeconómica e indiciaria dando una imagen cuasipersonal a los índices estadísticos y bursátiles, a los grandes agregados tipo PIB o idolatrando los tipos de interés marcados por este o aquel Banco Central . Casi sin darnos cuenta hemos creado y extendido a los cuatro vientos un mundo de relaciones funcionales donde, lógicamente, la ética no tiene sentido. Está muy extendida la imagen de la economía “científica” que tiende a colocarse fuera del alcance del hombre medio creando un ámbito sólo reservado para expertos que se refugian entre una compleja terminología especializada, donde los modelos econométricos, las matrices, las múltiples abstracciones o las ecuaciones lineales y los gráficos tridimensionales se convierten en seres vivientes. Este tipo de pensamiento y razonamiento económico intenta revestirse con el positivismo del paradigma científico de la naturaleza inanimada, alejando cualquier atisbo de consideración ético-filosófica para mostrar la posibilidad de un tratamiento meramente neutral y descriptivo. Gunnar Myrdal criticó ya con claridad los numerosos intentos de elaborar una teoría económica amoral basada en un falso profesionalismo y propuso trabajar con premisas de valor explícitas. Ese mundo especulativo y aparentemente neutral se aleja cada vez más de la problemática de la acción humana individual, real, variopinta y siempre sorprendente.

La ética en general, como la virtud ética de la justicia, no consiste en dar, cumplir obligaciones, tomar decisiones de ahorro, realizar inversiones o repartir cosas en base a los fríos datos impersonales que nos transmiten los índices o los innumerables conjuntos funcionales. La responsabilidad ética, por ejemplo, de quienes toman determinadas decisiones en una entidad financiera tiene que mirar por las consecuencias concretas sobre los accionistas, sobre los trabajadores específicos, sobre los depositantes o clientes con sus originales peculiaridades. Para considerar el comportamiento ético en los mercados financieros el capital debe ser tratado no como una simple cosa neutral sino como algo cuya concreción depende de la decisión responsable de determinadas personas que lo aportan al logro de distintos objetivos empresariales. Detrás de todo índice y detrás de cada activo financiero y de toda concreción del capital hay que ver personas.

Ninguna decisión en el mercado es neutra. Será más o menos negativa o más o menos positiva, pero nunca neutra en cada caso concreto. Conviene olvidarnos del mito de la neutralidad funcional porque hay una radical y profunda presencia de la moralidad hasta en las acciones más nimias. Limitándonos al ámbito financiero, cada inversión en bolsa em mercados primarios o secundarios, o en los mercados monetarios, de divisas o de opciones, es una opción concreta en un título, en un bono, en una empresa, en un Estado. Rafael Termes afirmaba recientemente:”no es lo mismo, por ejemplo, el caso de una persona de ingresos modestos que invierte todos sus ahorros en activos financieros exentos de riesgo, sin que ni siquiera tenga que plantearse la eventual obligación de destinarlos a un concreto proyecto productivo, y el caso del que, por disponer de gran capacidad de financiación, debe, por responsabilidad social, plantearse la obligación de no emplearla íntegramente en activos monetarios sin riesgo o, lo que desde el punto de vista social es peor, en activos de refugio como pueden ser los metales preciosos y las obras de arte. Esta persona debe seriamente pensar que tiene la obligación de destinar parte al menos de su capital, en cuantía y forma razonablemente analizada y diversificada, a inversiones creadoras de riqueza y bienestar. Es posible que esta decisión, desde el punto de vista meramente económico, suponga un coste de oportunidad, por lo menos en términos de asunción de riesgo, pero el decisor habrá escogido una opción éticamente mejor. Habrá cumplido con la responsabilidad social en el empleo de su capital.” No es por lo tanto éticamente neutro una u otra opción. Sí que hay ética en los mercados financieros porque sus movimientos y reacciones no son meramente técnicos. No estamos hablando de un mecanismo físico y determinista sino de un organismo vivo y muy complejo en cuanto que muy complejas son las miles de personas humanas que diariamente toman sus decisiones.

JJ Franch

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