TOMÁS DE MERCADO Y EL DERECHO DE LA COMPETENCIA

Pienso que no tiene desperdicio y es de gran actualidad lo que hace no mucho tiempo -mayo de 2003, en los últimos meses de mi estancia como Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia en la antigua sede de la calle Pío XII de Madrid- se presentó casualmente como una sorpresa intelectual para mí al constatar la importancia –también para nuestros días- de lo que estaba escrito en el capítulo  VIII de la Suma de Tratos y Contratos titulado Cuál es el justo precio, donde no hay tasa, y de los monipodios y ventas ilícitas. Allí se decía  que: “(…)suele haber otro (conviene a saber) que se conciertan los mercaderes, de no abajar de tanto (que llamamos los Castellanos monipodio) vicio abominable, y aborrecible a todo género de gente, porque es muy perjudicial, tirano, y dañoso, y por tal condenado en todas leyes.”

Dejó bien sentado Tomás de Mercado que la concertación de precios entre mercaderes es un atentado grave para el buen funcionamiento de los mercados y que ya entonces estaba penado por las leyes en tanto en cuanto es un atentado a la justicia perturbando gravemente el precio justo. E insiste en ello cuando sigue diciendo nuestro autor explicando con más detalle esta cuestión que “en el Código sub rub. de monipodis, se vedan con graves penas, y se manda, sean confiscados todos sus bienes, y desterrados perpetuamente, do se cuentan, y numeran varios modos de hacerlos. El uno entre mercaderes, en alguna especie de ropa. El otro entre oficiales, como entre albañiles, y canteros. Si queriendo, hacer una fábrica, alguna obra prolija, se concertasen entre sí, no hacerla sino por tanto. También si después de comenzada desagradase el oficial al cabildo, y buscando otro, los cohechase, que ninguno la hiciese. A todos estos manda castigar, como a personas perniciosas en la república. Y en las leyes del reino, el rey don Alonso el onzeno título 7. de los mercaderes, en la partida quinta, ordenó en este punto, una, cuyo tenor, y sentencia a la letra es ésta. Cotos, y posturas ponen los mercaderes entre sí, haciendo juros, y cofradías, que se ayuden unos a otros, poniendo precio entre sí (…) Lo mismo se entiende, de los que compran, si se conciertan de no dar más. Como si llegando una flota de extranjeros, o de naturales a un puerto, los de la tierra pusiesen entre sí, de no dar por la ropa sino tal precio.”

La prohibición de los acuerdos colusorios y la prevención hacia el poder económico concentrado era patente ya entonces y esa prevención está implícita actualmente en todo lo referente al control de las fusiones y concentraciones empresariales en general, legislación que es cada vez más importante en todo el entramado legislativo del Derecho de la Competencia. Por todo lo dicho al respecto hasta ahora  -y tal como ya publicó Julio Pascual entonces-, cabe concluir sin temor a equivocarnos que más de 300 años antes que se promulgara la Ley Sherman en los Estados Unidos (1890) -que tanto influyó durante el siglo XX en el mundo occidental y que continúa haciéndolo in crescendo en nuestro siglo XXI- estaba presente en la teoría y práctica del siglo XVI español el núcleo fundamental de las conductas colusorias y desleales así como los abusos de posiciones dominantes. Eran ya conscientes entonces de que el mercado corrupto -el que no cumple las leyes económicas de competencia porque se practican conductas colusorias prohibidas o abusos de posiciones dominantes- deja de ser mercado auténtico. En realidad  no es mercado. El fair play es consustancial al mercado. Corrupción económica no es otra cosa que llevar a la práctica conductas anticompetitivas. La concertación de voluntades negativas y anticompetitivas así como los abusos y deslealtades desde posiciones preeminentes –y también las deslealtades y engaños que aparentemente pudieran ser menos significativas para los mercados-   son       –tanto entonces como ahora, como en la época romana por ejemplo- manifestación y causa del precio injusto.

No quiero terminar sin recordar a un gran amigo, Rafael Termes -fallecido a finales del pasado verano y como pequeño homenaje a su memoria-, quien, refiriéndose a la Escuela de Salamanca, escribió: “Todos estos maestros se pronunciaron también por la libertad económica y declararon que el precio moralmente justo es el formado de acuerdo con la oferta y la demanda, con exclusión de violencia, engaño o dolo, y siempre que haya suficiente número de compradores y vendedores, es decir, en ausencia de situaciones de monopolio que estos doctores tenían por un crimen.”

JJ Franch

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s