OBSESIÓN MACROECONÓMICA

Al explicar la semana pasada la fuerza económica de la propiedad a propósito del Nobel de 1993, insinuaba de pasada que los derechos de propiedad están siendo gravemente amenazados debido 1) al crecimiento desorbitado y desproporcionado del Estado y 2) por las tendencias macroeconómicas a diseccionar los componentes de las propiedades individuales para agregarlas a continuación por separado al objeto de crear modelos de análisis económico de crecimiento y desarrollo controlables por el aparato estatal. Conviene seguir profundizando en estas ideas que sintonizan con la Escuela Austriaca de Economía.

Toda ampliación del dominio estatal tiene un componente coactivo que elimina en parte al individuo como ser pensante y con valor intrínseco y propio, haciendo de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. En virtud de los derechos de libre y exclusiva disposición, una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indican sus conocimientos personales basándose en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otros. Las corrientes que defienden el racionalismo social, tanto los socialistas como los ingenieros de la economía, tienden a pasar por alto esta significación fundamental de la propiedad privada y cargan todo el acento de sus políticas sobre los agregados macroeconómicos, sobre las corrientes financieras de la economía nacional, perdiendo el sentido de unidad creativa consustancial a los patrimonios. Con estas actuaciones se oscurece la aparición en el mercado de precios acordes con los auténticos valores económicos. Los precios ya no son manifestación de las preferencias subjetivas de los distintos agentes económicos, sino construcciones planificadas con un racionalismo impuesto desde arriba y por lo tanto los cimientos, sobre los que se apoya todo el sencillo mecanismo del mercado, se agrietan.

El respeto y potenciación de la propiedad privada es tan constitutivo de un orden económico de libertad y cooperación voluntaria, que el resquebrajamiento de esta institución está en la raiz de los temidos procesos inflacionistas según Röpke. El debilitamiento de la propiedad produce también un debilitamiento del dinero, una pérdida de su poder adquisitivo. La solidez y perdurabilidad de lo adquirido y asegurado, de la propiedad, deja paso a lo quebradizo, huidizo e inseguro, de la situación inflacionista. Todo se orienta al fugitivo instante actual sin pensar en generaciones futuras. Se disminuyen las posibilidades de formar una propiedad adecuada y suficiente y las gentes se sienten cada vez más interesadas en una corriente de ingresos garantizada por el Estado de Bienestar, por el Estado-Providencia.

Pese a las voces científicas que advierten de este peligro vivimos en una sociedad en la que este derecho comienza a ser un derecho delegado por ese poder tutelar que es el Estado. En vez de ser la propiedad del Estado una delegación de la privada parece que es al revés: que la privada es una delegación de la estatal. Incluso en los intercambios internacionales se tiende a razonar en términos de la bautizada y criticada por Von Mises “Volkswirtschaft” palabra con la que entendemos el complejo que forman todas las actividades económicas de una nación soberana, en tanto en cuanto el gobernante las dirige y controla. Esta tendencia a pensar en términos de América, Francia, España… en el intercambio internacional, olvida que es cierta persona francesa la que compra o vende a otra española y no es “Francia” y “España” los que comercian realmente.

La agregación de variables, problema constante en la literatura económica olvida y distorsiona la compenetración entre los distintos componentes de la riqueza rompiendo su unidad consustancial. Un microscopio electrónico en manos de un albañil vale mucho menos que el mismo microscopio en manos de un investigador en ciencias biológicas. Una hectárea de tierra en manos de un agricultor vale mucho más que en las solas manos de un abogado. Si agregamos sus precios monetarios no nos enteramos y caemos en un despiste monumental. Al agregar hacemos abstracción de la propiedad, de a qué patrimonio pertenece lo que agregamos, e imposibilitamos la valoración efectiva de esos conjuntos.

Decía Von Mises: “Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Constituyen, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones que en el mercado se aprecian.” Esta ruptura funcional de la unidad de actuación y la tendencia a diseccionar la unidad de la riqueza en varios componentes es la causante de numerosos errores en el desarrollo de la economía política pura y fundamentalmente en su concreción en la economía aplicada. La complementariedad es consustancial a la riqueza económica. Si se rompe, se desvirtúa.

No se puede diseccionar ningún recurso del resto de bienes con los que más fácilmente se puede complementar por pertenecer a un mismo patrimonio. La propiedad transmite unidad integradora a todos los bienes sobre los que se ejerce ese derecho de libre disposición. Toda esa variada gama de recursos, que configuran la originalidad irrepetible de cada patrimonio, se unifica por la orientación a unos mismos fines marcados por el propietario. Cualquier bien material y palpable se convierte, por su pertenencia a determinado patrimonio, además del lugar y del tiempo, en un bien inconfundible, no exactamente sustitutivo de otro. Bienes supuestamente idénticos se convierten en totalmente distintos a efectos valorativos por su inclusión en uno u otro patrimonio. Un bien tiene valores diferentes dependiendo quién sea el comprador y quién el vendedor puesto que representan conjuntos patrimoniales a complementar distintos. Si se invirtieran los términos de comprador y vendedor no existiría intercambio. La homogeneidad de los bienes se da solo por abstracción de la propiedad. El valor económico, que tiene una referencia definitiva a lo real y concreto, no puede hacer abstracción de la propiedad a la que pertenece el objeto valorado. Todo el cálculo económico arranca de esta realidad.

Conviene hacer un esfuerzo para tratar de reconducir hacia la cordura las obsesiones macroeconómicas de nuestros políticos y de muchos de mis colegas economistas.

JJ FRANCH

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