DEL PARO AL TRABAJO BIEN HECHO

En este atractivo debate sobre el trabajo, nuevo y viejo a la vez como la historia del hombre, podemos entrar todos en una fase de esquizofrenia aguda con doble vida encorsetada, si no dejamos claro desde el principio la distinción entre trabajo por cuenta ajena, remunerado, medido en tiempo, formal y oficialmente registrado; y trabajo en sentido amplio que podemos definir como actividad humana que transforma directa o indirectamente el mundo mineral, vegetal y animal, el cosmos en general, tratando de extraer lo más perfectamente posible su idoneidad o vocación humana y buscando un crecimiento personal y generalizado en términos de acercamiento a los fines urgentes e inmediatos, mediatos y últimos.

Decir que hay que trabajar menos en este último sentido, y justificarlo además en base al principio de solidaridad, es de una estupidez de tal calibre que llena de estupor, sonrojo y vergüenza ajena no sólo a todos los que merezcan llamarse economistas sino a toda persona corriente y moliente que sintonice mínimamente con el sentido común y la cordura universal. Economía y trabajo son prácticamente sinónimos porque la economía es un quehacer que corresponde a todas las personas que han sido, son y serán. Podemos filosofar sabiamente siguiendo a Millán Puelles para decir que la tarea económica es una necesidad fundamentada en otras necesidades. Nuestra naturaleza espíritu corporal tiene unas necesidades y urgencias cotidianas, no inventadas sino reales, que nos complican la vida y nos crea problemas. Para satisfacer esas necesidades y salir de esas urgencias generalizadas hay que hacer algo, hay que trabajar manual e intelectualmente, “dominar” la tierra, aprovechar los recursos físicos y humanos que se nos brindan para no sólo eliminar urgencias sino también alcanzar nuestras sanas ambiciones, cumplir nuestros objetivos personales, desarrollarnos en cuanto seres individuales, familiares o sociales, y acercarnos a esos fines últimos.

La escasez, especialmente la escasez de tiempo, es un rasgo consustancial a la economía. Puesto que las necesidades, deseos, objetivos, preferencias tanto materiales como especialmente espirituales (educación, cultura, arte, compañía,… etc.) son infinitas, y los recursos naturales (el trabajo, los instrumentos de capital e, insisto, el tiempo) son limitados, la escasez siempre estará presente. El esfuerzo laboral físico, intelectual y reflexivo, correctamente orientado a los mejores fines, siempre es valioso. Por eso podemos decir que el trabajo es el más escaso de los factores de producción tanto en cantidad como sobre todo en calidad. Siempre la demanda de buen trabajo es superior a la oferta por lo que es patente que el trabajo humano es causa prioritaria de la riqueza de una empresa, región o país, y que la mejora en esa actividad y en la laboriosidad de las personas favorece al crecimiento y desarrollo económico. La actividad y el bien hacer generalizado enriquecen y la pasividad, la poltronería o la siesta continuada empobrecen.

Otra cuestión es hablar del trabajo oficial remunerado por cuenta ajena, del ya obsoleto puesto de trabajo fijo, estandarizado y homogéneo. Tenemos que ir olvidando la actitud de cobrar por el mero hecho de estar un cierto tiempo en un determinado puesto de trabajo aunque simplemente miremos musarañas. La posibilidad de remunerar el trabajo depende del éxito o fracaso en los mercados de los bienes y servicios que ayudamos a producir, de su aceptación por los clientes potenciales. La empresa se constituye en unidad de destino en lo económico donde se encuentran embarcados accionistas, empresarios, gerentes, proveedores y trabajadores todos. Cuanto mayor capacidad de servicio empresarial competitivo a las nuevas demandas siempre cambiantes, mayor podibilidad de ampliar trabajo remunerado. En economías abiertas, competitivas y sin privilegios, la fuerza empresarial de un país es la que va a determinar en definitiva la capacidad de absorción de empleo en cantidad y calidad. El reto español en los próximos años consiste en ser capaces de transformar la mentalidad pasiva y rutinaria de quien simplemente está (incentivada por el Estado del mal llamado bienestar socialista), en trabajo con personalidad propia, inteligente, cualitativamente cambiante y con mentalidad empresarial aunque seamos asalariados. Ese espíritu empresarial personal asume siempre los riesgos de su propia libertad y, consecuentemente, su responsabilidad tanto en los éxitos como en los fracasos.

Tenemos que saber sufrir con garbo la metamorfosis profunda desde la sociedad industrial hacia la nueva sociedad del conocimiento. Para que se incremente el trabajo formal remunerado es condición necesaria que se incremente el espíritu general de trabajo en toda hora y en toda la geografía. La fórmula mágica podía ser esta: 1) Que el Estado no privilegie ni se meta, sobre todo en lo económico, donde no le llaman, 2) Que todo empresario trabaje de verdad y 3) Que todo trabajador se convierta en empresario. Pero digo yo : si todos nos convertimos en empresarios ¿para qué sirven los sindicatos?. Pues eso. Pero si todos son a la vez trabajadores con entidad propia ¿Para qué sirven las organizaciones empresariales colectivas?. Pues eso también.

Para entender un poco más estos apasionantes temas de principios recomiendo leer despacio el prólogo (léase Génesis) del mejor tratado de economía nunca escrito: la Biblia. Las gratas sorpresas son continuas.

JJ Franch

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